El Final de la Soberbia
El estruendo de la última fila de bloques cayendo al suelo marcó el fin del reinado de terror de Doña Bertha. El pasillo no solo quedó libre, sino que los ingenieros, al ver el estado del suelo y las dificultades de Doña Lupita, decidieron que no bastaba con derribar el muro.
—Señora Lupita —dijo el ingeniero jefe mientras ayudaba a la abuelita a cruzar el polvo—, no solo vamos a liberar el paso. Como parte del programa de mejora urbana, vamos a pavimentar este corredor con concreto hidráulico y colocar luminarias LED. Será el lugar más seguro de la colonia.
LA VECINA AMARGADA CONSTRUYÓ UN MURO PARA BLOQUEAR EL PASO DE UNA ABUELITA… PERO TODO CAMBIÓ CUANDO LLEGARON LOS INGENIEROS
Bertha, que observaba desde su ventana con el rostro desencajado, sintió un golpe en el estómago. No solo había perdido su muro y su dinero, sino que ahora el pasillo que ella tanto odiaba se convertiría en la envidia de la cuadra.
La Lección Final
Semanas después, el pasillo resplandecía. Ya no había lodo, sino un camino firme y bien iluminado. Los vecinos instalaron macetas con flores y un pequeño banco de madera cerca de la puerta de Doña Lupita.
Pero la verdadera transformación ocurrió un martes por la tarde.
Doña Bertha recibió la notificación de la multa. Era una cifra astronómica que no podía pagar de inmediato. Desesperada y sola, pues nadie en la colonia quería dirigirle la palabra, se sentó en su banqueta a llorar de pura impotencia.
De pronto, una sombra se proyectó sobre ella. Era Doña Lupita, quien caminaba erguida y segura por el nuevo pavimento. En sus manos llevaba un plato con tamales calientes y un termo con café.
—Come algo, Bertha —dijo la abuelita con una dulzura que desarmaba a cualquiera—. El rencor da mucha hambre y no alimenta el alma.
Bertha levantó la vista, esperando una burla o un reclamo. Pero solo encontró los ojos compasivos de la mujer a la que intentó encerrar. En ese momento, el muro que Bertha tenía construido, pero dentro de su propio corazón, se derrumbó más rápido que el de concreto.
Un Nuevo Comienzo
Doña Bertha no se volvió una santa de la noche a la mañana, pero algo cambió en ella. Empezó por retirar el alambre de púas que quedaba en sus otras bardas y, poco a poco, comenzó a barrer no solo su entrada, sino también el tramo de Doña Lupita.
Hoy, si pasas por la colonia San Rafael, verás a dos ancianas sentadas en aquel banco de madera. Una cuenta historias y la otra escucha en silencio, aprendiendo, por fin, que las leyes de los hombres abrieron el camino, pero la bondad de una abuelita fue lo que realmente derribó las fronteras.
Semanas después, el pasillo resplandecía. Ya no había lodo, sino un camino firme y bien iluminado. Los vecinos instalaron macetas con flores y un pequeño banco de madera cerca de la puerta de Doña Lupita.
Pero la verdadera transformación ocurrió un martes por la tarde.
Doña Bertha recibió la notificación de la multa. Era una cifra astronómica que no podía pagar de inmediato. Desesperada y sola, pues nadie en la colonia quería dirigirle la palabra, se sentó en su banqueta a llorar de pura impotencia.
De pronto, una sombra se proyectó sobre ella. Era Doña Lupita, quien caminaba erguida y segura por el nuevo pavimento. En sus manos llevaba un plato con tamales calientes y un termo con café.
—Come algo, Bertha —dijo la abuelita con una dulzura que desarmaba a cualquiera—. El rencor da mucha hambre y no alimenta el alma.
Bertha levantó la vista, esperando una burla o un reclamo. Pero solo encontró los ojos compasivos de la mujer a la que intentó encerrar. En ese momento, el muro que Bertha tenía construido, pero dentro de su propio corazón, se derrumbó más rápido que el de concreto.
Un Nuevo Comienzo
Doña Bertha no se volvió una santa de la noche a la mañana, pero algo cambió en ella. Empezó por retirar el alambre de púas que quedaba en sus otras bardas y, poco a poco, comenzó a barrer no solo su entrada, sino también el tramo de Doña Lupita.
Hoy, si pasas por la colonia San Rafael, verás a dos ancianas sentadas en aquel banco de madera. Una cuenta historias y la otra escucha en silencio, aprendiendo, por fin, que las leyes de los hombres abrieron el camino, pero la bondad de una abuelita fue lo que realmente derribó las fronteras.
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